Escritor de dragones «Made in Chile». ¿Tiene sentido?

codex-draconis-12171552_929400353793799_1508685590_oA propósito de un excelente artículo rescatado recientemente por el escritor nacional Dan Guajars de sus archivos (Mi crisis personal con la literatura fantástica), y dado que me han hecho esta pregunta en el último tiempo varias veces, es lícito plantearse por qué un autor chileno, sin ningún ancestro cercano ligado al continente europeo (mi remota ascendencia española y un tatarabuelo perdido italiano no cuentan, y bien dice mi cuñada que si tengo sangre del viejo continente se debe tan solo a alguna transfusión), teniendo un abanico de mitos locales a su disposición para escribir, escogería la literatura de fantasía. Entiéndase por fantasía, que ya es un tema de discusión, la literatura que comúnmente asociamos al espectro literario fantástico del mundo angloparlante y que incluye a autores tan diversos como James Matthew Barrie, Lewis Carroll, Bram Stoker, H.P. Lovecraft, Robert E. Howard, J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis, J.K. Rowling, Ursula K. LeGuin, Terry Pratchett y un muy largo etcétera, que podría incluir algunas obras de Shakespeare, Milton y Spenser.

La conclusión a la que llega Dan Guajars —como bien leyeron quienes siguieron el enlace a su blog—, citando a otro autor nacional, sería «la incapacidad para sentarnos a articular propuestas personales, en torno a la literatura de fantasía y nuestra identidad».

Creo que es un buen punto de partida, y válido para cualquier discusión literaria que tenga conflictos en relación a la dualidad centro-periferia, concepto de carácter más bien ligado a lo político y lo económico. En otro artículo me extenderé sobre otro tema muy ligado a este que me interesa sobremanera: la globalización como contrapartida al nacionalismo, sobre el que tengo una postura muy clara en todos los ámbitos y particularmente el literario.

Dicho de otro modo, ¿tiene sentido que un autor chileno escriba sobre dragones?

Recuerdo una vez, por allá por el año ’97 o ’98, que una autora, célebre en ese entonces, al enterarse de que yo era escritor me preguntó qué estilo cultivaba y le contesté que escribía fantasía épica. Al saberlo, ella comentó: «Ah, entonces eres el Tolkien chileno», y nunca me quedó claro si me estaba elogiando o mirando en menos, o si simplemente trataba de catalogarme para entender qué escribía. No siempre resulta fácil explicar que se hace fantasía en Chile. A mucha gente no le hace sentido. Yo mismo, al intentar dar a conocer mi saga fantástica el CODEX DRACONIS y hablar sobre sus batallas, magos y dragones, cuando la gente me pone cara de extrañeza y me dice: «¿Es algo así como Tolkien?», me rindo y les respondo: «Sí, algo así como Tolkien».

Ante esta recurrente afirmación, que incluso va más allá con abiertas acusaciones de que los autores de fantasía somos «meras copias» de movimientos extranjeros, con toda la carga ofensiva que ello implica, nosotros los escritores de fantasía, y me incluyo muchas veces, solemos defendernos afirmando que no somos copias, que lo nuestro es auténtico y original, que tiene elementos de la cultura local que lo distinguen de los libros foráneos y solo reconocemos «cierta» influencia de algunos autores clásicos del género. Lo mismo sucede cuando algún periodista, tratando de ayudarnos (en realidad es un salvavidas de plomo), nos pregunta en qué nos diferenciamos de los autores internacionales. A priori establecen que no aportamos nada nuevo y que, por tanto, tenemos que probarlo, justificar así nuestra valía. Casi resulta vergonzoso tener que explicar una y otra vez que no, que no soy el Tolkien chileno.

Pero, ¿es realmente necesario establecer una diferencia?

En lo personal me siento orgulloso de reconocer mi influencia tolkiana, pero, más allá de mis gustos personales, ¿tengo algún discurso, un marco teórico que me permita defender mi pretensión literaria? Y lo cierto es que sí lo tengo, aunque un artículo no bastaría para extenderme sobre ello. Intentaré en pocas palabras exponer mi punto.

Chile es un país relativamente joven, con apenas dos siglos, que todavía, pese a los años transcurridos, no logra encontrar su identidad propia, aunque ha buscado consciente e inconscientemente hacerlo, lo que podría explicar la proliferación de la literatura costumbrista y criollista durante buena parte de su historia. Y esto es así porque Chile es un país que deambula entre la necesidad de diferenciarse de lo foráneo para recalcar su identidad nacional, y la cruda realidad de país periférico que siempre permea y recibe el influjo de la potencia extranjera dominante, en todos los ámbitos: arquitectónico, comercial, legal, la moda, lo político, lo artístico, lo cultural y por cierto también en el ámbito literario. España fue nuestro norte en su momento, luego Inglaterra y Francia durante el siglo XIX, y Estados Unidos durante la mayor parte del siglo XX y lo que va del XXI. No podemos evitarlo: sucede en toda Latinoamérica. Salvando una o dos excepciones, como el Modernismo y el Boom, rara vez somos nosotros los que marcamos la tendencia. Normalmente la seguimos y la adaptamos a nuestra realidad.

Al respecto, la mayor parte del tiempo nos dicen: saquen partido a nuestros mitos. Ahí tienen algo propio. Y sí, hay una tradición mitológica vasta y rica por explorar, y entiendo que ya hay autores nacionales que escriben con esas temáticas. Tengo varias ideas que se basan en nuestra tradición mitológica y que me encantaría desarrollar, pero porque quiero y no porque deba hacerlo. No me gusta que me pongan límites. Pero revisemos algunos de nuestros mitos propios: el basilisco (de origen griego), el camahueto (mezcla de Behemot y unicornio), la Pincoya (una sirena), los brujos (más originales en su propuesta, pero una herencia foránea al fin y al cabo). Tal vez el más interesante de todos los mitos sea el de Trentren vilu y Caicai vilu, pues el mito de la serpiente y del dragón son mucho más antiguos que la influencia europea reciente y no se conoce con certeza su origen, aun cuando hay quienes lo remontan a Sumeria o las primeras tribus asentadas en lo que hoy es China. Pero chileno no es. El mérito de nuestros mitos es que el todo es distinto a la mera suma de sus partes, aunque de todas formas no podemos negar que muchas de esas partes provienen de afuera.

Pero, volviendo al tema que nos convoca, ¿qué tan foránea es para nosotros la fantasía?

Para mí nunca resultó completamente ajeno leer y luego escribir fantasía. Era parte de mi identidad personal y cultural incluso antes de conocerla. No, dirán algunos, la fantasía épica es para los autores de habla inglesa. Y yo les digo: no, no es privativo del mundo angloparlante. No olvidemos que, independiente de las creencias particulares de cada uno de nosotros, muchos fuimos criados en un mundo difuso que deambula entre las creencias cristianas y los mitos grecorromanos, y ambas, en última instancia, se remontan a los relatos mesopotámicos. Es cosa de revisar la Biblia y ver que varios de sus pasajes hablan de gigantes y batallas, y en muchos más sobre dragones, como el caso de Leviatán, cuyo surgimiento puede rastrearse hasta Lotan y Tiamat, o del Diluvio Universal, relato que pudo originarse también en mitos mesopotámicos, pues tras una lectura comparada de ambos relatos es imposible negar la conexión. El mismísimo Jardín del Edén está ubicado en Mesopotamia. El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, habla de la Gran Bestia y del dragón de siete cabezas. Satán es llamado la serpiente antigua y el gran dragón. Chile es un país que mayoritariamente se declara cristiano, ¿y me van a decir que los mitos universales no pueden ser parte de mi acervo cultural como escritor?

¿Y qué es la fantasía épica sino una reinterpretación del mito?

Lo fantástico, lo sobrenatural, son elementos que han estado presentes siempre entre nosotros. Somos herederos del mito, de los relatos que nacen de la guerra y de la religión. No los hemos visto de cerca, pero hemos tenido noticias de ellos. El bardo que cantaba los poemas de Homero nunca estuvo en sus batallas, muy probablemente Homero tampoco, y sin embargo volcaban sus palabras con un sentimiento que nos hacen creer que estuvieron allí, que nosotros, al leerlos, volvemos en el tiempo y estamos allí.

¿En qué nos diferenciamos de los autores del mundo angloparlante?

Espero que en todo y espero que en nada, porque me siento parte de su misma tradición literaria, que es universal, independiente del lugar en que me tocó nacer. Yo, como autor, espero siempre diferenciarme de los demás escritores, independiente de que estos sean nacionales o extranjeros. Espero, incluso, diferenciarme de mí mismo de un libro a otro, pues eso significaría que estoy creciendo como escritor y aprendiendo de mis faltas. Y espero que solo vean mis novelas y las encaren como lo hace un lector ante cualquier libro que le ha llamado la atención sin el prejuicio, ni negativo ni positivo, que pueda originarse por pertenecer a un país determinado.

Reivindico, con estas palabras, mi derecho como autor chileno y latinoamericano a escribir sobre dragones y situarlos en la época, lugar y con la forma que me dé la gana, con una, tres o siete cabezas, o ninguna si así me place.

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6 comentarios en “Escritor de dragones «Made in Chile». ¿Tiene sentido?

  1. Pingback: Escritor de dragones “Made in Chile”, ¿tiene sentido? – Revista Soy Pensante

  2. Hola León, gracias por la mención.

    Si me preguntas si “tiene sentido que un autor chileno escriba sobre dragones”, mi respuesta automática es ¿”por qué no”? Que no es una respuesta en realidad. Pero es un punto de partida.

    ¿Por qué no? Si quiero escribir de naves espaciales, de realidades post apocalípticas, de invasiones silenciosas, infecciones parasitarias, viajes en el tiempo, ucronías, distopías… puedo escribir lo que me dé la regalada gana.

    Si por escribir ciencia ficción alguien me preguntara si soy el *autor conocido* chileno, creo que igual me sentiría orgulloso, las primeras tres veces. Ya para la décima supongo que no me parecería ni gracioso, tal como relatas cuando te tildan del Tolkien chileno.

    ¿Qué otro autor es más cercano a tu estilo y temáticas, que no sea Tolkien? Está George R.R. Martin, Robert E. Howard, Fritz Leiber, Terry Pratchett, Steven Erikson, Terry Brooks, Michael Moorcock… Ursula K. Le Guin poh. Debe haber alguno/a con quien te sientas más identificado.

    “No soy el Tolkien chileno, y si tuviera que elegir un autor, elegiría a Úrsula”.

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  3. Hola León, gracias por la mención.

    Si me preguntas si “tiene sentido que un autor chileno escriba sobre dragones”, mi respuesta automática es ¿”por qué no”? Que no es una respuesta en realidad. Pero es un punto de partida.

    ¿Por qué no? Si quiero escribir de naves espaciales, de realidades post apocalípticas, de invasiones silenciosas, infecciones parasitarias, viajes en el tiempo, ucronías, distopías… puedo escribir lo que me dé la regalada gana.

    Si por escribir ciencia ficción alguien me preguntara si soy el *autor conocido* chileno, creo que igual me sentiría orgulloso, las primeras tres veces. Ya para la décima supongo que no me parecería ni gracioso, tal como relatas cuando te tildan del Tolkien chileno.

    ¿Qué otro autor es más cercano a tu estilo y temáticas, que no sea Tolkien? Está George R.R. Martin, Robert E. Howard, Fritz Leiber, Terry Pratchett, Steven Erikson, Terry Brooks, Michael Moorcock… Ursula K. Le Guin poh. Debe haber alguno/a con quien te sientas más identificado.

    “No soy el Tolkien chileno, y si tuviera que elegir un autor, elegiría a Úrsula”.

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    • Aunque me gustan casi todos los autores que mencionas, tal vez más Steven Erikson que los demás, no me siento cercano a ninguno de ellos en particular. Por temática, obviamente mi saga de fantasía épica se parece a Martin, Erikson y LeGuin, aunque no por estilo. Tal vez me identifique un poco más con Tad Williams en la forma de escribir, aunque él es infinitamente superior. Pero me gusta también el suspenso y la ciencia ficción, y ahí nos vamos a otro lado y a otras influencias. De cada nuevo autor que leo aprendo algo, sobre todo de autores que ni siquiera se acercan a la fantasía. No intento deliberadamente ni distinguirme ni parecerme a nadie. Escribo nada más. Así que, siguiendo tu ejemplo: “No soy el Tolkien chileno, y si tuviera que elegir un autor, elegiría a León de Montecristo”.

      Saludos y gracias a ti por la visita!!

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  4. Me encantó la entrada y me parece un tema que da para debatir y expresar. Pienso que la fantasía traspasa barreras y banderas, y sí, uno puede escribir lo que se le antoje. Ultimamente, en lo personal, sí he estado pensando en la propia novela que estoy retomando, y sucedió que sin darme cuenta había comenzado a cambiar nombres que sonaban un tanto anglo, con muchas “th”, por nombres mas castellanizados. Por ejemplo, en vez de “El reino de Dharas”, “El reino Piedra Blanca”. Y bueno, finalmente he decidido cambiar todos los nombres. También tengo lenguas antiguas, pero las estoy llevando a una sonoridad más latinoamericana. Tengo seres mágicos en mi novela, dragones de agua, hadas que no se llaman hadas, sirenas que no se llaman sirenas, demonios, espíritus de la naturaleza y cuanta cosa más, intentando que se sientan de forma universal. En este proceso, llegó a mis manos “La Saga de Los Confines” de la Bodoc, y estoy alucinando con su forma de escribir y el cómo la fantasia épica está firmemente basada en “lo nuestro”. Es innato relacionar nombres como “huisihuilkes”, “Wilkilen” o “Welenkin” con nuestros mapuches, o “Nanahuatli” con la cultura Maya. Me encantó porque parece algo nuevo, pero que contiene la misma magia que la literatura de fantasía europea, aunque de forma universal. Esto se sumó a mi proceso, además de haber estado escribiendo algo de mitología chilota, y realmente hay una riqueza alucinante para inspirarse.
    Con todo esto, no digo que “se deba” o “se tengan” que hacer las cosas de una manera u otra, solo quizá el hacer las cosas desde donde nos apasionen más.
    Y dicho todo esto, debo declarar que sigo siendo una tolkiendi a morir!! 😀

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    • Me pasaba que por leer tanto autor anglosajón traducido, todos mis personajes tenían nombre de protagonista de Hollywood. Desde que dedico más tiempo al audiolibro en inglés que a la lectura misma, los nombres de los personajes se volvieron más simples, porque no los “leo”, los “escucho”, y la sonoridad de los nombres se volvió clave.
      ¿Leíste alguna vez El Vuelo del Dragón de Anne McCaffrey? El protagonista se llama F’lar y siempre pensé que se decía Falar, pero NO, es Flar. En la época que leí esos libros, también hacía personajes con apóstrofes en los apellidos.

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