ESCRIBIR (O EL ARTE DE VENCER LA HOJA EN BLANCO)

Camilo José Cela dijo en una ocasión que, para escribir, sólo hay que tener algo que decir. En gran medida eso es cierto. Es un acto sencillo y complejo a la vez. Parece fácil, pero el que lo crea corre seguramente a un profundo abismo. Eso es algo que puede decir un autor consagrado como él. Quienes comienzan en este oficio saben que alinear las palabras para darles sentido, coherencia y belleza estética no es fácil, y a menudo tropiezan con el que, para muchos autores jóvenes, es el mayor de los enemigos: la hoja en blanco. Sin embargo, el instante más o menos breve en que uno se enfrenta a un nuevo escrito tiene algo de sublime: la hoja en blanco, para el autor, es una invitación a sumergirse en una nueva creación, tan apasionante como puede serlo un libro nuevo para un avezado lector. Enfrentado a ella, tener algo que decir es sólo el primer paso. Escribir bien eso que se quiere decir, ya es otra cosa distinta.

Existen técnicas, naturalmente. Pero fórmulas para enfrentar la hoja en blanco y vencerla hay muchas, probablemente tantas como escritores.

En todo tipo de escrito, ya sea narrativo, periodístico, ensayístico o técnico, siempre se debe tener claro lo que se quiere expresar. Incluso redactar este artículo ha requerido un grado de consciencia por parte de este autor sobre lo que quería escribir y eso significa saber adónde quiero llegar. En el formato de la novela, por ejemplo, uno debe conocer el final de la misma. No puedo introducirla, desarrollarla, ni llegar al clímax, si ignoro por completo su desenlace. Eso significa, aunque afirmarlo sea de Perogrullo, que, al empezar a escribirla, no me enfrento a una, sino a cientos de páginas en blanco. Esta puede parecer una reflexión inútil, pero no lo es: uno nunca debe olvidar que una novela es un todo y que se la debe abordar como tal. Ninguna parte de ella puede faltar o sobrar —de ahí la importancia de la edición—, la novela es un cuerpo vivo, a veces con alma propia, que tal vez respira, se nutre y crece gracias a nosotros, pero que, a la larga, tiene sus propios pensamientos. Y sus propios ritmos.

¿Qué hago para abordar la página en blanco? Conocer mi libro antes de escribirlo. Desmenuzar cada una de sus partes, sumergirme en ellas, armarlas y desarmarlas aunque a veces las piezas no encajen. Mirarlas desde distintos ángulos. Sólo cuando uno conoce la novela propia es capaz de escribirla. Es parte del proceso creativo, pues a cada instante se van sumando nuevos elementos. Es una actividad parecida a la paleontología: uno va descubriendo las osamentas conductoras de la obra sin prisa para no estropearlas, pero lo suficientemente rápido para que otro no anuncie antes el mismo hallazgo. Se mira cada parte y se celebra su descubrimiento, pero cada hueso cobra sentido sólo en el marco del cuerpo completo. Del mismo modo, las ideas están allí y uno abre puertas para averiguar qué demonios saldrán de ellas, con qué nueva maravilla nos toparemos, siguiendo la lógica que la misma narración va conformando para darle coherencia. A veces, hay que desecharlas o dejarlas para una exploración posterior: son piezas de otro fósil. Pero conocer la obra, sus argumentos, personajes y ambientes, es fundamental para abordar el desafío de escribir.

En el fondo, implica cobrar consciencia de que “se tiene algo que decir”.

A partir de ese punto, las palabras brotarán por sí solas y entre más uno escriba, menos necesitará a la musa inspiradora. Pero he aquí que viene la segunda —y no menos importante— parte de esta ecuación: se debe escribir bien. No se trata de renunciar al oficio de escritor si no se es un Shakespeare, ni de imitar a los autores consagrados: una cosa u otra sería un error. Desde luego, uno tiene referentes, pero si se llega a ser medianamente reconocido es porque se adquiere una voz propia, y esa voz sólo se adquiere con práctica. Resulta una paradoja, pero para escribir bien uno debe primero escribir mal. Soltar la pluma es la única forma. Y el error más común entre los jóvenes autores es llenar de adjetivos y de frases rebuscadas lo que uno escribe, pensando que es así como lo hacen los profesionales. Pues bien, ¡dejad eso a los profesionales! Lo mejor, para comenzar, es escribir claro. Nada más sencillo que eso. Que la prosa sea legible y fácil de digerir es el primer paso. Con los años el autor se puede llenar de recursos, lo que dependerá de su bagaje como lector (más allá de las facultades de literatura o los talleres literarios, la mejor escuela de un escritor son los libros). Pero, en principio, uno debe escribir con claridad, pues es la única manera de que la comunicación entre autor y lector sea efectiva. El lector debe entender la imagen que el escritor tiene en su cabeza y que éste traduce a palabra escrita. Siempre recuerdo la experiencia de Isaac Asimov cuando, preocupado por su calidad literaria, le preguntó a su editor cómo podía escribir mejor. El editor le preguntó a Asimov cómo creía que Hemingway describiría un atardecer en el mar y el célebre autor de “La Fundación” intentó toda clase de descripciones, hasta que al fin su editor le dijo que, simplemente, Hemingway diría: “Atardecía en el mar”.

La belleza estética y el arte de usar los adjetivos para hermosear una frase es algo que se adquiere cuando cada escritor tiene la madurez literaria para usarlos. Lo más importante es que el lector comprenda lo que uno le quiere transmitir.

Al fin y al cabo, escribir es comunicar. Y comunicar es tener algo que decir, tal como expresaba Cela en la cita que comenzó este artículo. Intuyo que lo que quiso decir es que solo basta la voluntad de escribir: tener algo que decir es querer hacerlo. El resto viene por añadidura. Se aprende en el camino si no se sabe.

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